Su nombre era Reena.

No importaba que sólo tuviera doce años, ni que lo único que quisiera fuera sobrevivir en las calles de Chittagong, en Bangladesh, después de que su padrastro la echara de casa. Lo único que importaba era que tenía un cuerpo y que los hombres pagarían por él. La trampa era muy sencilla; ella estaba desesperaba por encontrar un trabajo y conoció a una mujer que le prometió un trabajo vendiendo prendas de vestir en Dhaka. En lugar de eso, se la llevaron a la isla de Banishanta, la vendieron a una Madame, y una vez allí le arrebataron su nombre y su inocencia, como a muchas otras antes que ella. Se convirtió en un número, sin rostro ni nombre, privada de dinero, honor y libertad.

Banishanta, ubicado en una pequeña aldea en la orilla del río en Mongla, al sur de Bangladesh, es uno de los veinte burdeles legales del país. Habitado por mujeres que «no existen», muchas aún en los primeros años de su adolescencia, que nunca imaginaron una vida destinada a la esclavitud sexual. Vendidas, secuestradas o coaccionadas, la mayoría de ellas nunca fueron registradas al nacer y carecen de pasaporte o documentos que sirvan para identificarlas. Esto hace que les resulte prácticamente imposible abandonar la isla y buscar una vida mejor cuando ya no tienen valor para su Madame. Al final, su único consuelo es retraerse en su propio mundo imaginario, en el que desean encontrar, al menos, alguna forma de protección. Las drogas y el alcohol forman parte de su rutina diaria como una vía de escape para el dolor de su existencia.

Las chicas viven aisladas en Banishanta, por lo que se ven forzadas a aprender a vivir en compañía las unas de las otras, forjando amistades y «familias». Sin embargo, todo es una fachada que crean para preservar su cordura. La realidad es que todas estas chicas están viviendo en soledad.

Manel Quiros